pero, ¿qué es la gracia?

 

El demasiado rápido el recorrido bíblico de mi último artículo. Usando la palabra «gracia», habrá dejado a más de un lector la impresión de que eso de la gracia es algo confuso, y le habrán venido ganas de preguntarme, “Pero bueno, en definitiva ¿qué es la gracia?”

Trataré, pues, en éste de dejarlo más claro, sin suprimir evidentemente la naturaleza misteriosa de la misma.

La gracia en un himno paulino

Comenzaré utilizando, como prometí, el himno paulino de la epístola a los efesios.

Las primeras líneas del mismo dicen: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.

A mi entender, las primeras palabras de este párrafo: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; y las últimas: para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado, vienen a decir lo mismo, a saber, que la gracia, don concedido a los hombres gratuitamente en Cristo, es motivo de bendición y alabanza, estando destinada a la glorificación de Dios, y consiste en una abundancia de bendiciones espirituales, con la que quedamos agraciados —valga la redundancia, es bien el caso de decirlo— en Cristo, el Amado por excelencia.

En cuanto a las palabras centrales: por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, declaran mejor en qué consisten esas abundantes bendiciones espirituales: en ser santos e inmaculados ante Dios, en el amor, y en ser hijos adoptivos de Dios por medio de, o en Jesucristo; y ambas cosas según el beneplácito de su voluntad.

Un primer esbozo de descripción

Con esto, podemos ya poner en limpio, una primera descripción de la gracia. Se trata originalmente de una complacencia divina con la que Dios nos elige en Jesucristo gratuitamente, desde toda la eternidad, para que, por medio de él y en él, seamos, en nuestro mismo ser, hijos suyos adoptivos —ya explicamos en un artículo anterior que esta filiación adoptiva divina es una filiación inmensamente más verdadera que la humana, puesto que nos hace participes de la naturaleza de Dios, (Cf 2 P 1, 4)—, santos e inmaculados en el amor, para gloria del mismo Dios.

En lo restante del himno encontramos algunos elementos más. Dejando de lado repeticiones y algunas consideraciones que no afectan a la naturaleza de la gracia común a judíos y griegos convertidos, esos elementos nuevos me parecen ser:

1. La redención y perdón de los delitos. En efecto, si la gracia nos hace hijos de Dios en el Hijo, previamente, o si se prefiere, al mismo tiempo, y como la otra cara de la misma medalla, tiene que purificarnos de todo pecado, redimiéndonos de la esclavitud de Satanás. Todo lo cual sucede en virtud de los méritos de la sangre de Cristo y es riqueza de gracia divina.

2. Que si el designio amoroso de Dios es hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, la gracia que proviene de ese designio, nos hace miembros de Cristo.

3. Que por gracia hemos sido  hechos herederos de Dios,  —coherederos de Cristo— como dice el propio S. Pablo en otro lugar: Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados (Rm 8, 17).

Modifiquemos con estos nuevos datos la descripción iniciada. La gracia divina puede ser vista desde Dios y en nosotros.

Desde Dios, es una complacencia con la que nos elige gratuitamente en Jesucristo, desde toda la eternidad, para que, por medio de él y en él, en virtud de los méritos de su sangre, seamos purificados del pecado, hechos santos e inmaculados en el amor, miembros de Cristo Cabeza, hijos adoptivos y herederos de Dios y coherederos del mismo Cristo, para ser también glorificados con él, para gloria del propio Dios.

En nosotros, es hacerse realidad en el tiempo misteriosamente toda esa complacencia y elección divinas, primero, mediante el bautismo, después, si hemos tenido la desgracia de perderla, pecando mortalmente, con el arrepentimiento y contrición perfecta y con el sacramento de la confesión de los pecados.

Nuevos datos

¿Eso es todo? No, eso es lo que podemos deducir del precioso himno de la epístola a los efesios, siguiendo el empleo de la palabra gracia. Dejando esta palabra, encontramos en S. Juan y en S. Pablo, los dos grandes teólogos del Nuevo Testamento, algunos textos que ciertamente se refieren a la gracia sin nombrarla y que añaden nuevos elementos a la precedente descripción de la misma.

En el capitulo catorce del Evangelio de S. Juan, leemos las siguientes palabras de Jesús: «Si alguno me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él » (Jn 14, 23). Y S. Pablo escribiendo a los corintios les dice en su primera carta: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16). La gracia divina conlleva la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma que la recibe. Por la gracia somos templos vivos del Dios trino y uno. Y S. Pablo sacará consecuencias morales y espirituales importantes. Por ejemplo, cuando dice a los romanos: Y de igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables: (Rm 8, 26). Es el Espíritu Santo que habita en nosotros e inspira nuestra oración y nuestra conducta.

Volviendo a S. Juan, en el capítulo 15 de su Evangelio tenemos la alegoría de la vid y los sarmientos. Pues bien, se puede decir que es una exhortación a vivir y permanecer en gracia y, por consiguiente, encontramos en ella al menos un elemento constitutivo de la gracia divina, a saber que se trata de un permanecer en Cristo y él en nosotros, por el amor, o bien permanecer en su amor, dejándonos amar por él y correspondiendo a su amor. Veamos: Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. (Jn 15, 4-5).

Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor (Jn 15, 9).

Grandeza y sublimidad

Dejémoslo aquí. Pero advirtamos la grandeza y sublimidad de este preciosísimo don de Dios. No sólo nos purifica de los pecados, nos hace objeto de las complacencias divinas, nos introduce en la intimidad de las divinas Persona, transformándonos en hijos verdaderos de Dios en el Hijo, hace de nosotros la morada del Padre y del Hijo y templos vivos del Espíritu Santo. ¿Se puede decir algo más grande? En esta tierra, pienso que no. Pero subrayemos, lo que ya mas arriba anotaba en la última descripción, que la gracia nos hace herederos de Dios con Cristo, es decir que nos otorga el derecho a la vida eterna en Dios. Eso, más grande que la gracia y que no podemos tener en esta vida, lo tendremos en la otra, en virtud de la gracia recibida ya y conservada hasta la muerte por la misericordia del Señor.

Esta gracia es llamada gracia habitual, santificante o deificante; habitual, porque de sí permanece en nosotros, si no la expulsamos pecando mortalmente; santificante, por hacernos santos y puros como hemos visto, en el amor; deificante porque nos hace partícipes de la naturaleza divina, hijos de Dios. Es la más importante de todas las gracias y a ella se ordenan las demás que enumeraré simplemente a continuación. Las gracias actuales, las gracias sacramentales, las gracias “gratis datae” o carismas, entre las cuales se encuentran las gracias de estado. Para no alargarme en su descripción, me contentaré con citar al Compendio del Catecismo de la Iglesia en su n. 424: “Además de la gracia habitual, existen otros tipos de gracia: las gracias actuales (dones en circunstancias particulares); las gracias sacramentales (dones propios de cada sacramento); las gracias especiales o carismas (que tienen como fin el bien común de la Iglesia), entre las que se encuentran las gracias de estado, que acompañan al ejercicio de los ministerios eclesiales y de las responsabilidades de la vida.”

José Mª Fernández-Cueto, cpcr.